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viernes, 18 de mayo de 2012

Pequeños escritores

Este es el resultado de una propuesta de escritura realizada a los alumnos de primer años (entre 12 y 13 años) del colegio Ceferíno Namucurá, con el objetivo de ejercitarse en la escritura y en la invención de cuentos (hacer volar la imaginación por sobre todas las cosas).  Han de saber mis lectores, que los cuentos presentan alguna que otra modificación en tanto comas y puntos, por lo demás fueron transcriptos tal cual los recibí.

LA LUZ BLANCA

Hace muchos años, una pareja iba al baile de graduación. Cuando iban a la fiesta pasaron en auto por un campo y vieron algo extraño, estaba todo descampado y no había nada de luz,  cuando pasó una sombra blanca. A los dos les agarró mucho miedo, aún faltaba mucho para poder llegar al salón y su vehículo se había descompuesto, no arrancaba.
Luego de muchos intentos lograron que su auto se pusiera en marcha,  iban despacio, cuando en un momento vieron como un auto a toda velocidad se les venía encima. Chocaron.
El conductor del auto que chocó a la pareja estaba muy asustado al ver que los chicos no reaccionaban. Llamó a la policía.La ambulancia no tardó en llegar y se llevó a los chicos al hospital.
Pusieron a Lisandro y a Luciana en la misma habitación.
En un momento vieron nuevamente la sombra blanca.
Entendieron que era un hombre, que hace tiempo, había muerto en un accidente en la ruta, donde ellos también habían muerto.

Ereñú, Irina

LA TUMBA DEL DIABLO

Hace un par de años, mi tío que vive en el Chaco, decidió un día viajar a otro pueblo, pero no consiguió pasajes y como vivía en medio del campo, opto por emprender su viaje caminando.
Mientras caminaba, comenzó a sentir un olor osamenta, sin darle mucha importancia siguió su camino cuando vio que algo adelante se movía, era algo así como una sombra.
Asustado, agarró un mechero y le alumbro en la cara para poder ver bien qué era, sin embargo el otro no tenía cara, pero sí ojos que le brillaban con un color rojo.
En eso, mi tío, soltó el mechero y comenzó a correr: corrió unos 30 minutos, que sintió como 3 horas. Estaba muy asustado, y desesperado, quería llegar rápido al pueblo próximo pero el camino se le hacia interminable.
Llegó al pueblo, entró en una cantina y le contó a los que allí estaban lo que había visto. El mesero sin mucha sorpresa le dijo: lo que viste, fue un lobisón.
Todos trataron de explicarle, que nadie pasa por allí hace mucho tiempo, ya que ese pedazo de campo suelen llamarle "la tumba del diablo" y por el desfilan personajes poco agradables.  


LA CASA EN EL CAMPO

Hace muchos años, en un campo abandonado, fue a vivir una familia. Tenían 5 hijos: 3 varones y 2 mujeres.
Pasaron los días y la familia se hizo de amigos en el pueblo más cercano.
Los amigos contaban, que hace muchos años en ese campo se encontraba otra familia que era muy mala. Esta familia solía salir a buscar gente para llevarlas al campo y matarlas. Varías de sus víctimas intentaron escapar pero nunca podían.
Después de saber esto, la familia tuvo miedo de volver a su casa.
Esa noche, escucharon ruidos, los chicos se asustaron, en vano los padres intentaron  consolarlos, decían que no eran de mucha importancia.
Más tarde, los ruidos se convirtieron en voces, los chicos que ya intentaban dormir, corrieron hacia el cuarto de sus padres. Finalmente, los padres decidieron irse al otro día, pero eso no iba a ser posible.
Al despertar al día siguiente, se encontraron con las puertas de la casa selladas, no podían salir. Intentaron en vano la fuga, la noche llegó nuevamente.
Los ruidos, las voces y la caída de objetos se intensifico. La familia se acorralo en un rincón asustada. Tomando el teléfono, intentaron llamar a sus amigos, pero estos no contestaban. Llamaron a la policía, estos vinieron rápidamente, en la conmoción estos le informaron que "sus amigos" había muerto años atrás en esa misma casa.
Asustados, salieron de ahí, para jamás volver.

Maldonado, Priscila


VERÓNICA

Cuenta la leyenda que una mujer llamada Verónica, fue muy maltratada y discriminada por eso busca desquitarse de todas las personas del mundo que digan su nombre siete veces seguidas delante de un espejo.
Frente al espejo se te aparece y te hace vivir un infierno.
Un día, un nenito de siete años probó en su cuarto, en ese momento comenzó a ver sombras, a sentir ruidos, gritos, las cosas comenzaron a moverse solas. Lo extraño era que todo lo que estaba pasando sólo lo veía y sentía él.
Desde ese día, para él nada volvió a ser igual que antes, en algunos caso se acostaba con ropa y tapado y amanecía destapado y sin ropa, le contó a sus padres, que por las noche sentía que alguien lo tomaba de los pies y tiraba de ellos, pero estos no le creyeron.
Un día, mientras se peinaba mirándose al espejo, vio como su imagen se petrificaba en este, al darse vuelta se encontró con una mujer de ojos y piel  blanca. Con el susto, le agarró un paro cardíaco, urgente lo llevaron al hospital. Estuvo mucho tiempo internado, su cama estaba junto a una ventana, una ventana por la cual se acostumbró a ver a la mujer blanca que todos los día se aparecía por allí, para jugar con la luces y mover los objetos del cuarto.

Lescano, Brian.



sábado, 30 de octubre de 2010

El deseo

Desde el rincón del cuarto me miraba. Nos mirábamos desde hace rato.
Descartamos el código, porque aquí nos era insignificante.
Ella semejaba más bella que de costumbre, con su pelo negro suelto y ese hermoso vestido rojo que había recibido como obsequio la última navidad. Hubiese preferido no mirarla y tomarla entre mis brazos para poseerla, pero su miraba imponía el límite.
Algo demoníaco podía intuirse en aquellos ojos, pero no me animaba a hipótetizar.
Mirando fijo, llegue a perder la claridad de su figura, y ella se había convertido a efecto de un juego de luz y sombra en algo que por poco imponía el miedo.
Desde que ocupó el rincón, sólo decidí esperar a que algo pasara, no sé qué, sólo algo.
Comencé a creer que aquella no existía realmente, que ese momento era imaginario y que ninguno de los dos nos encontrábamos allí, que el tiempo se había perdido y el espacio confabulaba en otra dimensión de la cual nadie tenía noción.
¿Y si era cierto que no existíamos y que el espacio no era aquel y el tiempo era sólo un cuento represivo, que esperaba en actitud de actante que no la poseía como lo había deseado?
Claro, su mirada, como siempre. Esa mirada represora que me limitaba solamente a lo posible, a mirarla. Ella que de tanto tiempo mirándonos había perdido forma para convertirse en fusión de colores. Toda su forma, o su amorfa quedaba reprimida a lo cromático liberado por el aire, todo el espació era ella, lo que ahora era, no lo que fue, lo que yo veía de ella, que quizás no lo era, pero yo la creía ella.
Tanta confusión comenzó a altérame, ya no veía nada, tenía miedo, el silencio del momento exalto mis sentidos, creí poseer todo, ser dueño del mundo, nada, de nada y si sólo la nada existe me importaba, ni el mirar, ni el color, ni la forma. La había deseado, la deseaba, y en mi deseo la había perdido. Me invadió la bronca, la ira y todo el enojo posible.
¿Cómo? ¿La había perdido? Sí, la había perdido. Comprendía que ya no existía mirada limitándome, ya no había nada y por tanto el acto era factible.
Camine hacia el rincón y cuando pude poseerla sentí que ya no la deseaba y que el deseo era otro invento para detener el tiempo, que el tiempo no era nada, y que en la nada se inventa algo para matar el aburrimiento.

sábado, 16 de octubre de 2010

Los amantes

3

¡Me meo!, ¡me meo!, ¡me meo! –pensaba-.

Ella se pone en pie para ir al baño. El colectivo cómplice marca su freno inesperado, ella cae sobre su acompañante y excita su miembro con el tacto insinuador de sus muslos entre sus piernas.

Caliente se queda sentado, caliente se levanta, caliente entra a donde no fue invitado.

En el baño del ómnibus le quita la ropa y comienza a poseer su cuerpo de mujer.

En el baño del ómnibus se escuchan gemidos.

Sin palabras gozan de placer, pierden el pudor.

Los pasajeros de quejan del ruido. El colectivero echa a la impúdica pareja del ómnibus. En medio del campo quedan excitados.

Leer segunda parte

Leer cuarta parte

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Los amantes

2

Ella había soñado toda su vida con aquella aventura, él era sin dudas el aventurero experto.

Un tanto antipática, triste y vulgar ella le niega el asiento de acompañante, él la mira a los ojos y decide sentarte igual ante la negativa, esto molesta aún más a la señora, pero él se coloca los auriculares y viaja a otro mundo donde la señora enoja no existe.

Dormido se recuesta sobre el hombro perfumado de ella, molesta le tira el café en las rodillas, exaltado se despierta y le grita ¡LOCA! Y ella comienza a enamorarse.


Leer primera parte

leer tercera parte

domingo, 1 de agosto de 2010

Los amantes

1

Siempre pensando en lo mismo: buscando cambiar el rumbo de la vida.

Madrugada, frío, viaje. Todo confabulado para el encuentro, para evitar la soledad.
Caminando ellos no se cruzan, desconoces la existencia de cada cual.
Suben al mismo colectivo, se ignoran, no se miran.
Sin saberlo comienzan a compartir tiempo y espacio.
Sin darse cuenta comienzan a compartir vida.

viernes, 21 de mayo de 2010

La aguarfuertes sean dichas.


Roberto Arlt es quizás el escritor menos intelectual que tiene -tuvo- Argentina, es sin duda para mi el antónimo de un Borges instruido en todas las artes, idiomas y conocimientos.
Sin embargo, este hombre "poco intelectual" supo ganarse al pueblo argentino con sus escritos. Y pues pensemos que nunca fuimos muy interesados en laberintos, espejos y tantas cosas que jamás terminamos de entender.
La lectura para muchos fue ese escaparate de la realidad, que nos entretenía en nuestros tiempos libres, donde no iba nada de reflexionar y de pensar.
Con esto no estoy menospreciando ni a un Borges que nos hizo reconocidos en todo el mundo y muchos menos al grande de Arlt.
Arlt, detrás de su mala ortografía tenía algo que a muchos le hacia falta: la capacidad de ver mas haya de los hechos, saber reflexionar sobre lo que veía. Fue capaz de romper con el "mito" de la costumbres Argentinas hecho que muchos más adelante haría Roland Barthes en su libro "mitología" tomando los hábitos de los franceses. Arlt logra poner en escena las normas no escritas de la vida de relación en su sociedad para leer en ellas las formas normalizadas de la moral cotidiana de su época.
Dicho escritor tenía en un viejo diario popular de la época una columna donde escribía diariamente sus "aguafuertes porteñas" en la cual se encarga de descubrir Buenos Aires.
En ellas registraba a los personajes porteños con sus hábitos y costumbres, recuperando las anécdotas que corren de boca en boca o las confeciones secretas que se surruraban en alguna mesa de café. Arlt se apropiaba de estas historias y experiencias configurando en sus notas un entramado de voces que se entrecruzan en los discursos provenientes del periodismo, los nuevos saberes tecnológicos, la literatura y la política.
Luego, con estas notas, se imprimió el libro con el mismo nombre.
A parte de las "Aguasfuertes Porteñas", escribió otras pertenecientes a cada lugar que visitaba intentando desmitificar la realidad, así dió nacimiento a "Aguasfuerte Africanas, madrileñas, etc.".
Después de este breve comentario, considero que lo ideal sería que cada lector pudiese tener esta noche sobre su mesita de luz un libro de estos para leer; sin embargo voy a tomarme la licencia de transcribir dos o tres fragmentos pertenecientes al libro en cuestión, para que aquellos que desconocían de este autor comiencen a conocerlo y aquellos que nunca lo leyeron tomen la iniciativa de hacerlo.


LO QUE LLAMAMOS GIL
Usted y yo, y todos los hombres de esta ciudad, nos hemos parado más de una vez para mirar el paso de una espléndida mujer que iba acompañada de un hombre, y decimos:
- ¡cómo es posible que una muchacha tan linda le haya llevado el apunte a un gil de esa magnitud!
Y alguien me contesto una vez:
"todos los que acompañan a una linda mujer tienen cara de giles". Sí y no. Pero la mayoría sí. ¿Y en qué consiste el fenómeno?
La mayoría de las mujeres quieren arreglar económicamente su vida. Es decir, casarse. Y cuando nosotros vemos un hombre y decimos que tiene cara de gil, es porque el rostro de ese hombre no ha sido trabajado nunca por la nerviosidad del esfuerzo mental. Cuerpos de 30 años con semblantes de bebés. Con ojos de corderitos. Con labios de rosa.
Pero esos hombres les convienen a las mujeres. Son candidatos para el casamiento. Aunque para declararse le hayan dicho la desgastadisima fracesita de "Señorita ¿me permite una palabra?, a ellas no les importa. Bajo la fracesita esta el candidato. Y eso es lo que les interesa.

EL ABURRIMIENTO DEL DOMINGO
Buenos Aires es la ciudad más triste del mundo en día domingo. Triste y aburrida.
El ciudadano que para su desgracia, no aprendió a tocar el acordeón o la flauta, se ve en serios apuros para pasar el domingo sin que se les descoyunte la mandíbula de tanto bostezar.
Día horrible para el que está acostumbrado a no hacer nada. Día espantoso para el fiacún que tiene licencia de vagancia para toda la semana. Día amargo para los "esquenunes" que se ven afrontados al espectáculo de toda la fiaca colectiva, pues no constituye entonces la pereza propia ningún placer, como ocurre los días hábiles.
Porque el plecer de no trabajar estriba en que los otros trabajen. Ello es tan cierto, que he oído a muchos doctores en vagancia y teólogos en "dolce farniente" asegurar que lo único que hace estimable el atorrantismo para el atorrante es el espectáculo de la laboriosidad de los otros.
Y puesto que el domingo nadie trabaja ¿Qué valor tiene entonces el domingo?.

LOS QUE LLEVAN COMIDA
Vez pasada, de noche, entro a un cine de Almagro. Me ubícan en una fila de gente pobre "pero honrada".
Había ido a ver "Fatalidad". Me incluyo entre los hinchas de Merlene Dietrich. Es maravillosa.
Volvamos al butaquerío rasposo. Me ubícan entre gente pobre, pero honrada, cuando mis oídos perciben un ruido como de carpintería. Duró casi toda la primera sección. Al mismo tiempo por el aire se expandía un olor a guiso, pimentón y a ternera cocida. Yo me estaba preguntando si ahora las películas, además de ser parlantes eran odorantes, cuando de pronto se cortó la cinta, volví la cabeza y descubrí una venerable familia extranjera macando a cuatro carrillos.
Habían tendido mantel de papel pergamino sobre sus rodillas y hermanaban el arte de Edison a las habilidades de Brillat Savarin.
Uno no sabía si reírse o protestar. El suelo estaba sembrado de miguerío marroquiento y cuando se restauro la película y continuó la exhibición de "Fatalidad", la familia extranjera comenzó nuevamente a comer con tal entusiasmo que el ruido de sus mandíbulas no permitía escuchar la sincronización de la película.
Conclusión: deben prohibirse los picnics y comilonas en los cines.
Bueno, espero les haya gustado mi pequeño aporte, quiero aclarar en primer lugar que lo de poco intelectual aludido al comienzo sobre Arlt era simple ironía, el tipo es sin duda un genio.
Y segundo espero que tomen la iniciativa de adentrarse en su literatura, ya que representa toda una época y un contexto digno de ser recordado.

martes, 4 de agosto de 2009

LA SILLA CÓMODA

El día está lluvioso, frío y oscuro, parece por momento que estoy en una nevera y para colmo tengo que estar sentada en un lugar que no deseo, por lo menos la silla es cómoda y da gusto sentarse en ella, pero los llantos de los que están a mi lado no me dejan dormir ni un rato y eso me enfurece, pues no será de menos, esta silla tan cómoda como he dicho, está en el peor lugar del mundo, en una sala de velorios, no ha muerto nadie más que mi padre... sí, mi padre, pobre, siento lástima más que tristeza, se ve que lo querían mucho y eso que sólo fue un pobre hombre que se pasó la mayor parte de su vida construyendo casa, no, no era arquitecto, era el mas humilde y simple de todos los albañiles, apenas tenía dinero para criar a sus tres hijos, (aunque prefiero clasificarlos como tres diablos) y a su “querida mujer” , por mi parte yo... yo no soy otra cosa más que una fruta del falso amor de adolescentes, aquel error que nunca debió haberse cometido, el aborto que tendría que haberse ejecutado, soy todo eso y mucho más.
Mi tío Carlos me venía diciendo desde muy chiquita que Jorge no era mi padre biológico, y aunque nunca quise darme cuenta de eso, tuve que admitirlo tarde o temprano (me dolió mucho, si eso te interesa) y así conocí al verdadero hombre que me dio la vida y nada más. Carlos no quería enfurecerme, ni hacerme daño, sólo buscaba hacer valer mis derechos, por mi parte aquel hombre nunca me llamo la atención, si después de todo era él el que se perdía el hecho de conocerme, yo era feliz, tenía todo lo que podía una chica pedir, una mamá y un papá que son la envidia de todos, mis abuelo me consienten de tal manera que todas las semanas me encuentro estrenando ropa nueva, asisto al mejor colegio de la ciudad y tengo una educación digna de mi persona... ¿Qué más podía pedir?... excepto que...
Ante la insistencia de mi tío, llegue a la conclusión de que éste hombre no podía salir tan limpio de un error que cometieron dos personas, y esa misma tarde fui a ver a un abogado amigo, Ramiro, en compañía de mi tío, no sé por que pero en ese momento me sentí feliz, dueña del mundo, me dio miedo tal sentimiento, porque al tener tanto poder me aprecié capas de hacer cualquier locura, y mis locuras nunca terminaban bien. Por suerte todo estaba a mi favor, y aunque los trámites fueron largos, y duros, pronto vi anotado en mi documento aquel nuevo apellido que por momentos me daba asco “Scherfer”, sonaba raro y lejano a mí, pero presentí que pronto me acostumbraría a él.
Ahora todo estaba por cambiar, ya no me llamaba la fruta podrida del pecado, aquel nombre que me había dado por más de dieciséis años, me había convertido en la fruta mala del presente, aunque estaba dispuesta a cambiar esta perspectiva de mi, pronto me ganaría el cariño de Marta y los tres niños, principalmente el gran amor de mi padre con quien cada día me sentía más identificada; cuando lo miraba veía mis ojos en los de él, y ni habla de su sonrisa tan atrapante he inevitable de percibir.
Durante los primeros meses iba a su casa solo los domingos, el gran cambio no debía notarse de manera brusca, luego llegue a ir todos los fines de semana, contando los días feriados, pero mientras más tiempo estaba con ellos, más comprendía su odio por mi, y así comenzaron prontos las discusiones con aquel hombre, tan vertiginoso como pudo quiso mandar sobre mi vida, aquella vida que él me había dado, pero de la que no era dueño, si de chiquita no me acompaño cuando estaba enferma, pues no quiero que ahora quiera poseer algo que el nunca cuido. Sin embargo y después de una dura pelea para despedir el otoño amargo, le prepare una vaso de leche tibia para los nervios, le puse ante su dieta un cucharada de algo que parecía edulcorante y mezclándolo bien se lo lleve a la cama; lo observe constante con mi mirada loca, fija en sus ojos cuando la tomaba, como si fuese ésta noche la ultime vez que lo vería... sin dudas estaba rabioso.
El primer día de la temporada fría y opaca, amaneció con lágrimas de cocodrilo en mi mejilla, nadie lo esperaba. Hoy temprano Marta despertó a toda la casa con gritos aterradores, estimulé tan pronto como pude y así aun con los ojos dormidos lo vi, estoico y distante, como siempre lo estuvo, sentí ganas de abrazarlo, pero pronto se me fueron.
La tarde sigue pasando, lluviosa, fría, oscura y yo aun no obtengo el permiso para abandonar la silla cómoda, no aguanto más los saludos y el llanto de la gente, mucho menos a estos tres diablitos que tengo a mi lado, por lo visto Nicolás, el mayor, es el más dolido de los tres, sin embargo Ezequiel era con el que mejor se llevaba, Lorena por su parte tiene solo cuatro años y entiende poco, pero no importa, son los tres unos diablos, ellos me hicieron sentir más que nadie la fruta más amarga del árbol, ellos me dejaron fuera de su felicitad compartida en familia, ellos me quitaron una parte de mi historia,. Ellos me quitaron por un momento las ganas de sentir, ellos me quitaron el amor de padre por más de dieciséis años, pero yo, se los arrebaté para toda sus vidas.

miércoles, 22 de julio de 2009

EL OTRO


Había llegado como todos los sábado a tomar su vaso de cerveza. Estaba cansado porque los temas de política cada vez lo ponían más nervios; pensaba que ya estaba viejo para pensar tanto. Se sentó justo en el momento en que Pedro desde la puerta le levantó la mano en un grato saludo, a la vez que se acercaba para tomar el pedido ya conocido.
Ambos se miraron y entablaron un pequeño y corto diálogo sin sentido que ambos emprendían por simple amabilidad:
__ ¿Cómo esta señor?
__ muy bien Pedro, ¿y usted?
__Trabajando como siempre, pero con salud, que es lo importante.
__Así tiene que ser.
__ ¿Qué se va a servir hoy?
__Una cerveza si es posible.
__Para usted todo es posible.
Fue con una tímida sonrisa que éste despidió al mozo; estando ya solo en el rincón se pasó ambas manos por la cabeza, contempló el mantel a través de una mirada cansada y triste, cuando escuchó desde el rincón opuesto de la sala el sonar finito de un carcajada irónica memorizada en su mente maldecida.
La reconoció por su ropa, la reconoció por su peinado, por no usar escotes que dejen al descubierto su pequeña talla de senos redondos pero firmes, la reconoció por su espalda esculpida como en mármol, por sus bucles que insinuaban a propósito todo lo prohibido.
Quiso marcharse, pero ya su mirada se había aprisionado en aquella, su cuerpo se posicionó en una táctica posición contemplativa imposibilitándolo de todo movimiento; le dolía el cuerpo, el alma, la mente, la vista, todo le dolía en ella, nada era de él, ya no era dueño del mundo, ni siquiera de él mismo era dueño.
Pedro llegó sonriente y agachándose tan sólo un poco le sirvió la cerveza, ese ya no estaba, no lo vio, era otro, y Pedro se puso serio.
El otro la miraba, la observaba, ella estaba con él. Ella no lo miraba porque no lo había visto, el otro, si la miraba porque si la había visto, le hablaba intensamente con la mirada, la llamaba de ese modo, pero ella disimulaba no escucharlo.
Fue en ese momento justo, ese momento, ningún otro; en que se vieron, el momento en el cual explotó el tiempo y el espacio paralizando todo lo dinámico del acto. Ella se refugio en él, en sus besos, abrazos, en una máscara que la formaba desconocida para lo conocido, pero el otro simplemente la descubría, tiraba su máscara al piso porque conocía sus irónicos movimientos falseados por sentimientos convencidos de una verdad tan errónea como el conocimiento de las cosas.
Ella se paró para alejarse de él y de la mirada del otro.
El otro pidió a Pedro un cigarrillo; éste aún más serio que antes no sólo se lo dio sino que lo encendió; El otro buscaba la posición adecuada del cigarrillo entre sus dedos, no conocía la táctica de tomar entre sus manos de tinta aquel elemento de papel contaminado, hasta que en su ignorancia lo agarró de la forma más sencilla, lo aprisionó entre el pulgar y el dedo medio. Aspiró con fuerza, con ganas, terminando con una tos que lo hizo levantarse de su silla colocando en su cuerpo la mirada de todos, aún de ella, que se acercaba a él.
Colorado en las mejillas tiró el cigarrillo recién encendido, recordó que no fumaba y que nunca lo había hecho. Se sentó en su silla y bebió un trago de la cerveza ya caliente.
Sin quitar su mirada de aquel cuerpo frágil, femenino, llegó a comprender lo poco de la comprensión que le quedaba, comprendió pues, que ella jugaba con su seducción, se aprovechaba de la debilidad de un hombre, se aprovechaba de la debilidad del otro.
No le quedaba en la vida más que intensos recuerdos de un momento plasmado de eternidad con tintes de fugacidad imperceptible; recordó que había ido a parar a aquel bar porque era el único al cual sólo la utopía podría posicionarla allí, y porque odiaba sentirse preso la esquivaba, nunca sospecho que la amaba, porque no creía en la existencia de un significado para la palabra amor, y es que lo que se siente nunca puede nombrarse, porque en ese momento nos encontraríamos no sólo preso de los sentimientos sino también de las palabras que nos limitan en la formación de una subjetividad particular plasmándola de colectividades homogéneas que nada tienen que ver con nuestra existencia.
Pedro cambió el vaso de cerveza caliente por un vaso de cerveza bien fría. El otro pidió un sorbete para sin tener que mover más que el torso y la cabeza pudiese tomar de la amarga bebida sin obligarse a quitar la mirada de ella.
Ella, por su parte seguía abrazado a él por la cintura, por debajo de la mesa, el otro, podía observarla como entrelazaba sus pies a los de él y con su mano jugaba a abrir braguetas; él le hablaba al oído, no sospechaba siquiera de la dramática actuación de aquella mujer, y porque el otro si comprendía el acto no se ponía celoso.
La primera vez que se vieron fue cuando tocando el pomo caliente de la puerta descubrió el oleaje de la primavera al dejarlo entrar en su casa, ni hubo palabras siquiera, sólo una revolución hormonal que los llevó hacia el piso conformando un monstruo de cuatro manos y cuatro pies, y dos cabezas que no valían por ninguna. Se tocaban, se chupaban, se ensalivaban sin saber siquiera el nombre del opuesto, ni el minuto en el tiempo, ni la historia, ni el pasado, menos el presente, menos el futuro. Esa fue la primera vez de ambos, pero no la última. Ella en su mitología de existencia decía “tal vez tuvimos algo en la otra vida, y en esta vida nos reconocimos”… ese algo... qué feo fue comprender que no había explicación para ese algo.
El otro fue descubriendo de a poco la afición de ella por la escritura, esa profesión que la llevaba a convertir lo inverosímil en lo más verosímil posible; admitía a menudo que odiaba su literatura, porque le robaba el poco tiempo que ella le dedica al otro, remitiendo los hechos a unirse en uno en fugas destello y terminar en un diálogo de filosofía mitológica de ninfas mal paridas. El otro le hablaba poco de política, porque la consideraba una rival con atributos de quitarle el puesto.
Cuando tocó la realidad nuevamente, concibió que la pajita se había transformado sin permiso en un pequeño colador con marcas de dientes y que la cerveza nuevamente estaba caliente. La vio a ella con él, bailando un tango.
Ni ella, ni el otro podían dejar de mirarse. Los gatos saben disimular bien la infidelidad, aunque a veces subestiman demasiado, pero no en vano era escritora, el oficio le había otorgado trucos de actriz, trucos de mentirosa.
Bailaba bien, pero sólo con él bailaba, con el otro se daba la manía de no hacer nada, de no ser mayor, de no ser seria, ni compañera, ni amiga, cumplía con su rol de amante cuasi adolescente, donde todo era un juego que a veces jugaba sólo ella, otras sólo el otro y en muy poco tiempo compatibilizaban jugando los dos. No hacían preguntas, no formulaban teorías, no pensaban, ni se daban explicaciones, sólo se remitían a vivir, a romper con la estructura social que impone hasta la forma de actual. El otro si que sabia de estructura sociales, del manejo de ideologías infames propensas al control mundial, el otro estaba destinado a hacer el verso al universo entero, menos a ella;

Recordó como un día, luego de terminar de ser uno, el otro le pregunto a ella:
__ ¿vas a votar por mí?
__No.
Sin pensar más de lo que podía se colocó el pantalón y el resto de la ropa, se apuró a llevarla a su casa, se dio cuenta que no quería estar con ella, porque la consideraba más inteligente que si mismo.

Entre pensamiento y pensamiento, su miembro se puso duro, y entre las piernas lo incomodaba, ella bailaba dejando al descubierto un largo tajo que llegaba asta el muslo, y la excitación no sólo le corría por su viril instrumento sino por la sangre, por el cuerpo, por la piel dejándolo al borde del colapso. Con la mano, sin disimular movía el palo a un costado, al otro, lo puso para arriba, para abajo, pero en todas las posiciones le molestaba, éste quería salir, buscarla, encontrarla y aprisionarse en su cuerpo.
¿Cuantas veces había rosado su clítoris? Muchas más de lo que imaginaba, considerando que ya se conocían de la otra vida. ¿Cómo habría sido la otra vida? ¿Habría sido el otro el oficial?
Entre miradas y mirada, ella le tiró un beso que fue a parar justo en la punta de su pene, logrando el subir de una electricidad que mojó su pantalón por completo. El otro con el codo falseo un movimiento incoherente pero posible y arrojó la cerveza entre sus piernas, y con esta excusa se fue al baño a limpiarse.
Abrió la puerta y se encontró sólo, despeinado, mojado, desesperado… se miró al espejo sin observarse, teorizaba sin hipotetizar, concluía sin razonar, se sentía finalizado, fuera de batalla. Se sintió el iluso más tonto del mundo, se sintió lo que siempre había sido, “el otro”, desmintió en un absurdo comprender la irónica afirmación que el incrédulo le había lanzado “¡para usted todo es posible!”.
Salió del baño y ya no la vio, ni a ella, ni a él, ni nadie, y es que en su ausencia nada de lo otro existía.
Se sentó en la mesa nuevamente, y Pedro otra vez sonriente, le sirvió el vaso de cerveza.