miércoles, 9 de septiembre de 2009

EL AMANTE ETERNO

Comparto con ustedes un fragmento de la novela que estoy escribiendo en estos momentos, llamada "LA NINFA".

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Todos los días cumplía con la misma rutina: se levantaba muy temprano a causa de los golpes que su sobrino le daba a la puerta de su casa con el objetivo de que este le abriese y así poder entregarle el diario matutino.
Él con los rulos parados y un ojo más abierto que el otro, se levantaba muy despacio y caminaba arrastrando los pies hacia la puerta. el niño entraba a los brincos, le daba daba un gran besos sonoro en el cachete y luego mas tranquilito. sentado en una silla le abria le conversaba un ratito antes de ir al colegio, él preparaba su tasa de café y fingía escucharlo cuando realmente no le interesaba para nada su discurso infantil.
Luego de que el niño se marchaba robándole otro beso, él se sentaba a disfrutar de su café, tomaba el diario y leía uno por uno los titulares solamente, deteniéndose estrechamente en las historietas.
Cuando terminaba su café se dirigía al baño, se bañaba y quedando como nuevo partía en una caminata lenta hacia el taller que quedaba a una cuadra de su casa.
Apenas abría el portón, comenzaban a llegar los clientes y amigos. Él por su parte nunca se quejaba de lo que hacía, difrutaba su trabajo, y lo demostraba con ese humor envidiable que lo caracterizaba.
Juan, su empleado, llegaba siempre media hora más tarde del horario pactado, casi sin saludad se dirigía al fondo del taller, colocaba la pava en el calentador para verse pronto con el mate en mano convidando y repartiendo a todo el que llegase. Esta aptitud molestaba mucho al señor, ya que no le pagaba para cebar mates y si bien en muchas oportunidades sintió ganas de despedirlo porque un empleado así no le rendía a él ni a nadie, siempre buscó privilegiar su amistad dejándolo en el mismo puesto.
En el taller se quedaban hasta las una de la tarde, de ahí él volvía a casa a comer, aunque como vivía solo, no siempre tenía las ganas ni el esmero para cocinarse y luego tener que limpiar toda la cocina para dejarla como nueva, por tanto varias veces optaba por acostarse a dormir siesta. A las tres volvía nuevamente al taller y se quedaba hasta muy tarde, cuando el sol dejaba de verse en el horizonte dejando solo el recuerdo de que estuvo. Excepto los martes y jueves cuando por cumplir con los encuentros reglamentados con la Ninfa optaba por no abrir el taller de tarde, cosa que a los clientes le molestaba.
La Ninfa casi nunca iba a visitarlo al taller ni a su casa, no podía imaginar qué pasaría si su familia se enterase de aquellos encuentros clandestinos. Pero sí había veces en que las ganas de verlo se convertían en inaguantables y ella, como toda mujer astuta desinflaba las llantas de la bicicleta para poder tener una excusa que le permitiese llegar a donde él se encontraba.
Él gustaba de tenerla cerca; siempre que llegaba al taller lo hacia con una sonrisa que iluminaba el lugar quitándole por momentos todo ese olor a machos que colmaba cada rincón. Al llegar, ella no pedía permiso, saludaba a todos en el lugar y acercándose solo a Juan se apoderaba del equipo de mates para comenzar a cebar los verdes más amargos del mundo. Eso le gustaba al señor porque al no tener nada que hacer, Juan se dignaba a ensuciarse las manos por lo menos para inflar las llantas de un auto. Tenerla a su lado lo dejaba como bobo, atónito en su mirada, por eso más de una vez se escuchó en algún rincón un pequeño chillido causado por un martillazo ditraido en los dedos. Ella por su parte gustaba de ese juego de seducción, ser el objeto del deseo de un hombre elevaba su ego a un extremo máximo.
Cuando la Ninfa no iba al taller, sus tardes se convertían en eternas y aburridas, siempre obligado a cumplir con ese papel de hombre rudo, ese hombre que sólo hablaba de autos, boxeo y de vaginas sucias.
Ya muy tarde optaba por bañarse en el taller para no tener que volver a su solitaria casa; de ahí caminaba las tres cuadras hasta el restaurante donde una vez trabajo Vivian. Al llegar tomaba asiento en el mismo lugar de siempre, cenaba y bebía hasta muy entrada la noche, cuando al fin sus ojos colorados del cansancio comenzaban a cerrarse él se paraba para emprender el viaje de regreso.
En el camino se encontraba con “las muchachas”, ellas sabía que si la tarde había sido buena para el seños, él eligiría a dos de ellas. La tarea era fácil: acostar al señor en la cama y ante sus ojos comenzar con ese juego erótico repleto de besos y caricias sensuales denominado masturbación, que no lograba otra cosa en él que erectar su gran miembro. El hombre gustaba de ocupar ese lugar de mirón, y desde esa posición no permitía que nadie lo tocase, sólo él podía hacerlo (el pagaba) y así, observando comenzaba a flotar su miembro hasta el punto de terminar en una explosión de placer que culminaba en un gemido casi silencioso, imperseptible.
Cuando sólo llevaba a Rita, abandonaba ese lugar de mirón para entre cansado y dormido sumergirse entre sus enormes senos y jugar de la manera más exótica que se pudiese, le gustaba pensar que sus pezones eran como un pene, que al tacto excitante de los dedos del hombre se ponía duros y grandes.
El hombre gustaba de ver la cara de disfrute de aquella amante pagada, le gustaba jugar con ese cuerpo que nunca sería suyo, es más, que estaba junto a él por simple trabajo. Cuando ella entraba en un mundo de fruición del cual era imposible salir por si sola, él que presintiendo el momento final del acto se levantaba como asustado y abriéndole la puerta de la casa la sacaba a fuera a penas dándole el tiempo para que se colocase la ropa interior. Ella nunca llegó a entender el porqué de esa forma de actuar, aunque muchas veces sentía ganas de preguntarle, pero era evidente que no le pagaban por preguntar, entonces desde su lugar de “prostituta” solo buscaba entender, pero le era casi imposible, ya que él gustaba del silencio ahogante, incómodo, parecía como si el solo murmurar le molestase. Por otra parte su trabajo le había enseñado que conocer a un hombre afondo puede llevar a sentimientos confusos e imposibles como el tan temido amor, debido a eso, solo callaba y cumplía.
Él era un hombre elegante, de buenos modales, inteligente y aún joven, podía si así lo hubiera querido tener a cuanta mujer desease entre sus sábanas, pero desde que había llegado al pueblo sólo buscaba pagar, como si la plata se le cállese de los bolsillos, tal vez porque de esa manera se ahorraba el famoso chamuyo, las mentiras del “después te llamo”, o el simple hecho de ilusionar a alguna chiquilla con un amor que era de otra.
Con la Ninfa se portaba de manera diferente, ella no era un mujer, era simplemente una niña, apenas se marcaban sus senos a través de la remera blanca de usaba para hacer ejercicios, su cara de porcelana no conocía aún el maquillaje y la ingenuidad sobre el sexo se manifestaba naturalmente en su forma de hablar. Se pasaba horas y horas discutiendo temas como: que en el amor el sexo no era lo más importante y en lo horrible que seria compartir un beso de lengua lleno de saliva de otro; él solo la escuchaba y reía, ella tenia esa capacidad de transportarlo a ese mundo de niñez que él decidió abandonar tan pronto.
Los encuentros eran los martes y jueves en los eucaliptos y a veces cuando llovía en la casa abandonada que se encontraba a unas pocas cuadra saliendo de la cuidad hacia el norte.
Ella llegaba siempre puntual, se sentaba bajo el árbol que ellos habían pintado con una cruz roja para no perderse y ahí lo esperaba. Él llegaba casi tras ella.
Durante los primeros meses lo hacia en la bicicleta negra de su hermano menor, luego pudo comprarse la moto y cuando menos se lo imaginó se vio con el suficiente dinero para comprar su auto soñado. Lo del auto era sin duda la mejor decisión que había tomado, porque con el sacaba a la Ninfa a pasear por toda la cuidad sin que nadie los viese, ya que los vidrios polarizados no dejaban ver el interior del mismo.
El tenía 20 años más que la Ninfa; había llegado de Córdoba, después de un exilio forzado de quince años. Para ella era un ser tranquilo pero cansado del mundo, cuando llegó no tenía trabajo, pero eso duró poco, su padre le había dado el dinero suficiente para que instalase un pequeño negocio. Él que siempre había sido el más inteligente de la familia, movió contactos y pronto se vio dueño de un taller de autos, cosas que no tardo en darle muchas ganancias.
Su característica principal era la experiencia, por eso la Ninfa gustaba de estar a su lado. Él encontraba siempre una nueva historia para entretenerla, le gustaba mucho jugar a retenerla a su lado un poco más de dos hora, ya que ella lograba aburrirse con gran facilidad de todo lo que la rodeaba.
Amaba las tardes de lluvia, porque sólo en esos momentos en que se sentaban a ver como caía el agua, ella le permitía que él la abrazase.
Su primer beso se lo dio una de esas tarde, cuando abrazados contemplando el bullicio de una tormenta de paso, ella comenzó a llorar. Él, que sabía mas de putas y no tanto de mujeres, no supo que decir, y disimuló la situación cebando unos mates.
Pronto ella sintió ganas de irse, pero la tormenta que cada vez era mas fuerte se lo impedía. El señor, miró a los ojos y sosteniéndole el mentón para que no mirase a otro lado, le pregunto que le pasaba.
__Sabes que podes confiar en mí, no entiendo por qué no me cuentas lo que te pasa, lo que sientes.
__ ¿Te parezco bella?
¿Bella? ¿Y eso? Si tan solo supiera que la bellaza la penetra por todos los rincones de su ser, que el tiempo pasó sólo para mi, y que ella me espero con sus trece años intactos, para encontrarse luego con un viejo que huele a aceite de motor, que no tiene un castillo de oro para regalarle en su cumpleaños, que sus sueños son de Ninfas, y que el aire acarrea su perfume llevándolo en cada paso que doy… ¿bella? Amor… eres más que eso.
__Eres más que bella.
__ ¿Todo el mundo me va a responder lo mismo? Quiero que me sean sinceros de una vez… -ella enojada quito la mano de su mentón y camino hasta un rincón dándole la espalda; él, confundido la siguió y tomándola de la cintura la dio vuelta colocando nuevamente su mirada en la suya.
__ ¿Pensás que te miento?
__No, sólo que sos un chamuyero, como todos los hombres que conozco.
Él la miro entre sorprendido y enojado:
__ ¡HE! Ninfa, ¿a esta edad pensás que voy a andar con chamuyos yo?
__Entonces… ¿por qué Jonatan Borne ni siquiera busca darme un saludo?
Él la soltó, se paso la mano por la cabeza, y como molesto se sentó en el piso. Ella por su parte se le acerco, y mirándolo a los ojos en ese momento en llamas volvió a preguntar.
__ ¿Por qué justo ese chico, justo el que yo quiero no me ama?
El señor casi ni la escuchaba, sus palabras le dolían como puñales en el alma, siempre pero siempre debía soportar que ella hablase de aquel, sin pensar en sus sentimientos, sin pensar más que en su egocentrísmo, en su historia, en su vida.
__ ¿Qué sabes vos de amor? Ninfa… -se detuvo a pensar y repensar sus palabras- sólo tenés trece años. A tu edad es mejor jugar a las muñecas ¿A vos te gusta el volley? Bueno dedícate a jugar, pero no pienses en muchachos, ¿no te das cuenta que es muy temprano para empezar a sufrir? Yo no sé mucho de mujeres, pero si sé de amor, y si algo aprendí es que no hay que forzarlo ni buscarlo porque llega solo, sin avisar. A parte vos, mírate… Puedes tener a cuanto hombre quisiese a tus pies, pero comprende que los hombres aún te ven como niña, porque eso es lo que eres, y ese niño del que tanto hablas, también lo es. No hay que quemar etapas, chiquilla.
Ella comenzó a llorar, se sentó sobre las piernas del señor y quedando cara a cara se le quedo mirando, ella quería que él la entendiese y le dolía el no poder lograrlo, por otro lado él, tentado por un sentimiento y una fuerza que no pudo contener acerco lentamente su boca a la de ella completando el recorrido en un beso que movilizo un tintineo de polillas que revoloteaban por su cuerpo de par a par. Una sensación que no había sentido jamás lo paralizó de tal manera que profesaba por instantes adueñarse del control de su cuerpo, aquel beso lo completaba de sensaciones agradables, ese beso se convirtió en eterno, paralizo el tiempo y el espacio.
Ella apoderada en aquella situación no se movía, no abría su boca, no cerraba los ojos, simplemente moría en el intento de librarse de aquel hombre. Cuando él despertó de ese ensueño, ella ya había tomado su bicicleta y había partido bajo la lluvia.
Había llegado como una niña, ahora, sin embargo se iba con un poco más, su mente se habría a nuevas experiencia, a nuevas formas de ver el mundo, en su vida se cerraba ese ciclo que tanto la perturbaba.

martes, 4 de agosto de 2009

LA SILLA CÓMODA

El día está lluvioso, frío y oscuro, parece por momento que estoy en una nevera y para colmo tengo que estar sentada en un lugar que no deseo, por lo menos la silla es cómoda y da gusto sentarse en ella, pero los llantos de los que están a mi lado no me dejan dormir ni un rato y eso me enfurece, pues no será de menos, esta silla tan cómoda como he dicho, está en el peor lugar del mundo, en una sala de velorios, no ha muerto nadie más que mi padre... sí, mi padre, pobre, siento lástima más que tristeza, se ve que lo querían mucho y eso que sólo fue un pobre hombre que se pasó la mayor parte de su vida construyendo casa, no, no era arquitecto, era el mas humilde y simple de todos los albañiles, apenas tenía dinero para criar a sus tres hijos, (aunque prefiero clasificarlos como tres diablos) y a su “querida mujer” , por mi parte yo... yo no soy otra cosa más que una fruta del falso amor de adolescentes, aquel error que nunca debió haberse cometido, el aborto que tendría que haberse ejecutado, soy todo eso y mucho más.
Mi tío Carlos me venía diciendo desde muy chiquita que Jorge no era mi padre biológico, y aunque nunca quise darme cuenta de eso, tuve que admitirlo tarde o temprano (me dolió mucho, si eso te interesa) y así conocí al verdadero hombre que me dio la vida y nada más. Carlos no quería enfurecerme, ni hacerme daño, sólo buscaba hacer valer mis derechos, por mi parte aquel hombre nunca me llamo la atención, si después de todo era él el que se perdía el hecho de conocerme, yo era feliz, tenía todo lo que podía una chica pedir, una mamá y un papá que son la envidia de todos, mis abuelo me consienten de tal manera que todas las semanas me encuentro estrenando ropa nueva, asisto al mejor colegio de la ciudad y tengo una educación digna de mi persona... ¿Qué más podía pedir?... excepto que...
Ante la insistencia de mi tío, llegue a la conclusión de que éste hombre no podía salir tan limpio de un error que cometieron dos personas, y esa misma tarde fui a ver a un abogado amigo, Ramiro, en compañía de mi tío, no sé por que pero en ese momento me sentí feliz, dueña del mundo, me dio miedo tal sentimiento, porque al tener tanto poder me aprecié capas de hacer cualquier locura, y mis locuras nunca terminaban bien. Por suerte todo estaba a mi favor, y aunque los trámites fueron largos, y duros, pronto vi anotado en mi documento aquel nuevo apellido que por momentos me daba asco “Scherfer”, sonaba raro y lejano a mí, pero presentí que pronto me acostumbraría a él.
Ahora todo estaba por cambiar, ya no me llamaba la fruta podrida del pecado, aquel nombre que me había dado por más de dieciséis años, me había convertido en la fruta mala del presente, aunque estaba dispuesta a cambiar esta perspectiva de mi, pronto me ganaría el cariño de Marta y los tres niños, principalmente el gran amor de mi padre con quien cada día me sentía más identificada; cuando lo miraba veía mis ojos en los de él, y ni habla de su sonrisa tan atrapante he inevitable de percibir.
Durante los primeros meses iba a su casa solo los domingos, el gran cambio no debía notarse de manera brusca, luego llegue a ir todos los fines de semana, contando los días feriados, pero mientras más tiempo estaba con ellos, más comprendía su odio por mi, y así comenzaron prontos las discusiones con aquel hombre, tan vertiginoso como pudo quiso mandar sobre mi vida, aquella vida que él me había dado, pero de la que no era dueño, si de chiquita no me acompaño cuando estaba enferma, pues no quiero que ahora quiera poseer algo que el nunca cuido. Sin embargo y después de una dura pelea para despedir el otoño amargo, le prepare una vaso de leche tibia para los nervios, le puse ante su dieta un cucharada de algo que parecía edulcorante y mezclándolo bien se lo lleve a la cama; lo observe constante con mi mirada loca, fija en sus ojos cuando la tomaba, como si fuese ésta noche la ultime vez que lo vería... sin dudas estaba rabioso.
El primer día de la temporada fría y opaca, amaneció con lágrimas de cocodrilo en mi mejilla, nadie lo esperaba. Hoy temprano Marta despertó a toda la casa con gritos aterradores, estimulé tan pronto como pude y así aun con los ojos dormidos lo vi, estoico y distante, como siempre lo estuvo, sentí ganas de abrazarlo, pero pronto se me fueron.
La tarde sigue pasando, lluviosa, fría, oscura y yo aun no obtengo el permiso para abandonar la silla cómoda, no aguanto más los saludos y el llanto de la gente, mucho menos a estos tres diablitos que tengo a mi lado, por lo visto Nicolás, el mayor, es el más dolido de los tres, sin embargo Ezequiel era con el que mejor se llevaba, Lorena por su parte tiene solo cuatro años y entiende poco, pero no importa, son los tres unos diablos, ellos me hicieron sentir más que nadie la fruta más amarga del árbol, ellos me dejaron fuera de su felicitad compartida en familia, ellos me quitaron una parte de mi historia,. Ellos me quitaron por un momento las ganas de sentir, ellos me quitaron el amor de padre por más de dieciséis años, pero yo, se los arrebaté para toda sus vidas.

miércoles, 22 de julio de 2009

EL OTRO


Había llegado como todos los sábado a tomar su vaso de cerveza. Estaba cansado porque los temas de política cada vez lo ponían más nervios; pensaba que ya estaba viejo para pensar tanto. Se sentó justo en el momento en que Pedro desde la puerta le levantó la mano en un grato saludo, a la vez que se acercaba para tomar el pedido ya conocido.
Ambos se miraron y entablaron un pequeño y corto diálogo sin sentido que ambos emprendían por simple amabilidad:
__ ¿Cómo esta señor?
__ muy bien Pedro, ¿y usted?
__Trabajando como siempre, pero con salud, que es lo importante.
__Así tiene que ser.
__ ¿Qué se va a servir hoy?
__Una cerveza si es posible.
__Para usted todo es posible.
Fue con una tímida sonrisa que éste despidió al mozo; estando ya solo en el rincón se pasó ambas manos por la cabeza, contempló el mantel a través de una mirada cansada y triste, cuando escuchó desde el rincón opuesto de la sala el sonar finito de un carcajada irónica memorizada en su mente maldecida.
La reconoció por su ropa, la reconoció por su peinado, por no usar escotes que dejen al descubierto su pequeña talla de senos redondos pero firmes, la reconoció por su espalda esculpida como en mármol, por sus bucles que insinuaban a propósito todo lo prohibido.
Quiso marcharse, pero ya su mirada se había aprisionado en aquella, su cuerpo se posicionó en una táctica posición contemplativa imposibilitándolo de todo movimiento; le dolía el cuerpo, el alma, la mente, la vista, todo le dolía en ella, nada era de él, ya no era dueño del mundo, ni siquiera de él mismo era dueño.
Pedro llegó sonriente y agachándose tan sólo un poco le sirvió la cerveza, ese ya no estaba, no lo vio, era otro, y Pedro se puso serio.
El otro la miraba, la observaba, ella estaba con él. Ella no lo miraba porque no lo había visto, el otro, si la miraba porque si la había visto, le hablaba intensamente con la mirada, la llamaba de ese modo, pero ella disimulaba no escucharlo.
Fue en ese momento justo, ese momento, ningún otro; en que se vieron, el momento en el cual explotó el tiempo y el espacio paralizando todo lo dinámico del acto. Ella se refugio en él, en sus besos, abrazos, en una máscara que la formaba desconocida para lo conocido, pero el otro simplemente la descubría, tiraba su máscara al piso porque conocía sus irónicos movimientos falseados por sentimientos convencidos de una verdad tan errónea como el conocimiento de las cosas.
Ella se paró para alejarse de él y de la mirada del otro.
El otro pidió a Pedro un cigarrillo; éste aún más serio que antes no sólo se lo dio sino que lo encendió; El otro buscaba la posición adecuada del cigarrillo entre sus dedos, no conocía la táctica de tomar entre sus manos de tinta aquel elemento de papel contaminado, hasta que en su ignorancia lo agarró de la forma más sencilla, lo aprisionó entre el pulgar y el dedo medio. Aspiró con fuerza, con ganas, terminando con una tos que lo hizo levantarse de su silla colocando en su cuerpo la mirada de todos, aún de ella, que se acercaba a él.
Colorado en las mejillas tiró el cigarrillo recién encendido, recordó que no fumaba y que nunca lo había hecho. Se sentó en su silla y bebió un trago de la cerveza ya caliente.
Sin quitar su mirada de aquel cuerpo frágil, femenino, llegó a comprender lo poco de la comprensión que le quedaba, comprendió pues, que ella jugaba con su seducción, se aprovechaba de la debilidad de un hombre, se aprovechaba de la debilidad del otro.
No le quedaba en la vida más que intensos recuerdos de un momento plasmado de eternidad con tintes de fugacidad imperceptible; recordó que había ido a parar a aquel bar porque era el único al cual sólo la utopía podría posicionarla allí, y porque odiaba sentirse preso la esquivaba, nunca sospecho que la amaba, porque no creía en la existencia de un significado para la palabra amor, y es que lo que se siente nunca puede nombrarse, porque en ese momento nos encontraríamos no sólo preso de los sentimientos sino también de las palabras que nos limitan en la formación de una subjetividad particular plasmándola de colectividades homogéneas que nada tienen que ver con nuestra existencia.
Pedro cambió el vaso de cerveza caliente por un vaso de cerveza bien fría. El otro pidió un sorbete para sin tener que mover más que el torso y la cabeza pudiese tomar de la amarga bebida sin obligarse a quitar la mirada de ella.
Ella, por su parte seguía abrazado a él por la cintura, por debajo de la mesa, el otro, podía observarla como entrelazaba sus pies a los de él y con su mano jugaba a abrir braguetas; él le hablaba al oído, no sospechaba siquiera de la dramática actuación de aquella mujer, y porque el otro si comprendía el acto no se ponía celoso.
La primera vez que se vieron fue cuando tocando el pomo caliente de la puerta descubrió el oleaje de la primavera al dejarlo entrar en su casa, ni hubo palabras siquiera, sólo una revolución hormonal que los llevó hacia el piso conformando un monstruo de cuatro manos y cuatro pies, y dos cabezas que no valían por ninguna. Se tocaban, se chupaban, se ensalivaban sin saber siquiera el nombre del opuesto, ni el minuto en el tiempo, ni la historia, ni el pasado, menos el presente, menos el futuro. Esa fue la primera vez de ambos, pero no la última. Ella en su mitología de existencia decía “tal vez tuvimos algo en la otra vida, y en esta vida nos reconocimos”… ese algo... qué feo fue comprender que no había explicación para ese algo.
El otro fue descubriendo de a poco la afición de ella por la escritura, esa profesión que la llevaba a convertir lo inverosímil en lo más verosímil posible; admitía a menudo que odiaba su literatura, porque le robaba el poco tiempo que ella le dedica al otro, remitiendo los hechos a unirse en uno en fugas destello y terminar en un diálogo de filosofía mitológica de ninfas mal paridas. El otro le hablaba poco de política, porque la consideraba una rival con atributos de quitarle el puesto.
Cuando tocó la realidad nuevamente, concibió que la pajita se había transformado sin permiso en un pequeño colador con marcas de dientes y que la cerveza nuevamente estaba caliente. La vio a ella con él, bailando un tango.
Ni ella, ni el otro podían dejar de mirarse. Los gatos saben disimular bien la infidelidad, aunque a veces subestiman demasiado, pero no en vano era escritora, el oficio le había otorgado trucos de actriz, trucos de mentirosa.
Bailaba bien, pero sólo con él bailaba, con el otro se daba la manía de no hacer nada, de no ser mayor, de no ser seria, ni compañera, ni amiga, cumplía con su rol de amante cuasi adolescente, donde todo era un juego que a veces jugaba sólo ella, otras sólo el otro y en muy poco tiempo compatibilizaban jugando los dos. No hacían preguntas, no formulaban teorías, no pensaban, ni se daban explicaciones, sólo se remitían a vivir, a romper con la estructura social que impone hasta la forma de actual. El otro si que sabia de estructura sociales, del manejo de ideologías infames propensas al control mundial, el otro estaba destinado a hacer el verso al universo entero, menos a ella;

Recordó como un día, luego de terminar de ser uno, el otro le pregunto a ella:
__ ¿vas a votar por mí?
__No.
Sin pensar más de lo que podía se colocó el pantalón y el resto de la ropa, se apuró a llevarla a su casa, se dio cuenta que no quería estar con ella, porque la consideraba más inteligente que si mismo.

Entre pensamiento y pensamiento, su miembro se puso duro, y entre las piernas lo incomodaba, ella bailaba dejando al descubierto un largo tajo que llegaba asta el muslo, y la excitación no sólo le corría por su viril instrumento sino por la sangre, por el cuerpo, por la piel dejándolo al borde del colapso. Con la mano, sin disimular movía el palo a un costado, al otro, lo puso para arriba, para abajo, pero en todas las posiciones le molestaba, éste quería salir, buscarla, encontrarla y aprisionarse en su cuerpo.
¿Cuantas veces había rosado su clítoris? Muchas más de lo que imaginaba, considerando que ya se conocían de la otra vida. ¿Cómo habría sido la otra vida? ¿Habría sido el otro el oficial?
Entre miradas y mirada, ella le tiró un beso que fue a parar justo en la punta de su pene, logrando el subir de una electricidad que mojó su pantalón por completo. El otro con el codo falseo un movimiento incoherente pero posible y arrojó la cerveza entre sus piernas, y con esta excusa se fue al baño a limpiarse.
Abrió la puerta y se encontró sólo, despeinado, mojado, desesperado… se miró al espejo sin observarse, teorizaba sin hipotetizar, concluía sin razonar, se sentía finalizado, fuera de batalla. Se sintió el iluso más tonto del mundo, se sintió lo que siempre había sido, “el otro”, desmintió en un absurdo comprender la irónica afirmación que el incrédulo le había lanzado “¡para usted todo es posible!”.
Salió del baño y ya no la vio, ni a ella, ni a él, ni nadie, y es que en su ausencia nada de lo otro existía.
Se sentó en la mesa nuevamente, y Pedro otra vez sonriente, le sirvió el vaso de cerveza.